Primera Hora: La Corrida
La estática en el radio siseaba, una cama de ruido blanco por debajo de la voz aterrorizada del locutor.
—San Ignacio valió madre. Repito, San Ignacio está ardiendo. El comandante está muerto. Alguien se quebró al Verdugo.
Javier soltó la llave inglesa. El fierro pesado resonó contra el piso de tierra de su taller, el sonido retumbando como un balazo en el repentino silencio del lugar. El corazón le latía a lo cabrón, como un pájaro frenético atrapado en una jaula de hueso.
El Verdugo está muerto.
Su mente regresó a hace tres semanas: un cuarto oscuro y húmedo, una sola vela escupiendo cera en una mesa, y la voz aterradoramente calmada del Fantasma del Norte. El cabrón no llevaba máscara, pero sus ojos eran antiquísimos; duros y fríos como el pedernal. Había hablado suave, con una precisión que acalambró a Javier mucho más que cualquier grito o amenaza.
"Sabemos que tu hija se llama Sofía. Sabemos que tiene tos."
Su única hija viva. Ellos ya estaban viejos, pero ella seguía siendo una florecita en este pinche mundo moribundo.
Javier le había entregado la advertencia del Fantasma a los capitanes de La Sombra. Temblando, les pasó el recado:
Párenle a su desmadre con el agua, o el Norte se les viene encima.
Los capitanes se habían cagado de risa. Tomaron su tequila caro, fumaron sus puros y le dieron palmadas en la espalda, llamándolo un puto cobarde supersticioso.
"El Verdugo es un dios," se habían burlado. "Los fantasmas no matan dioses, pendejo."
Ahora, los putos dioses estaban sangrando.
Javier miró el radio, luego la puerta abierta del taller. El sol se estaba metiendo, tirando sombras largas y ensangrentadas sobre los cerros. El aire olía a ozono y a tierra seca. El vacío de poder iba a hacer pedazos a La Sombra en cuestión de horas.
Los tenientes —tiburones ambiciosos como Rico y 'El Puerco'— seguro ya se estaban rebanando el cuello entre ellos para quedarse con el trono. Y lo primerito que harían para asegurar la silla sería borrar los cabos sueltos. Cualquiera que hubiera mostrado debilidad. Cualquiera que hubiera traído la "maldición" a su puerta.
Javier era el cabo suelto más grande de todos. Él era el puto mensajero.
Salió corriendo del taller, levantando polvo con las botas, y reventó la puerta de la choza de lámina oxidada a la que llamaba hogar. Adentro estaba oscuro, iluminado solo por el resplandor de la estufa de leña. Elena estaba ahí, frente a una olla, hirviendo agua para no enfermarse. Sofía, de siete añitos y pálida como la luna, estaba tosiendo sobre un trapo en el catre. El sonido era húmedo, pesado—un estertor que a Javier le daba más pánico que las armas.
—Elena, agarra la mochila. ¡Ya, chingado! —Siseó Javier. Le temblaba la voz; ni siquiera sonaba como él.
No esperó respuesta. Se tiró al piso y arrancó una tabla suelta. Debajo había una caja de seguridad oxidada, el metal descarapelándose en sus manos. Adentro estaba el trabajo de toda su vida: un puñado de corcholatas, dos filtros de agua de cerámica chingones que había conseguido a cambio de una transmisión, y una pistola 9mm toda oxidada con medio cargador. Nunca le había disparado a una persona. Nunca había querido hacerlo.
—¿Javi, qué pasa? —preguntó Elena, volteando de la estufa. Sus ojos, oscuros y cansados, se abrieron con terror cuando vio el fierro.
—La Sombra se está comiendo a sí misma —dijo Javier, guardándose las corcholatas y la pistola en las bolsas del pantalón. Agarró los filtros y se los empujó a Elena en las manos—. Van a venir por nosotros. Van a limpiar la escoria. A cualquiera que haya cruzado palabra con los Fantasmas.
Agarró a Sofía, envolviendo a la niña en una cobija pesada de lana a pesar del pinche calor sofocante. Se sentía como un costalito de ramas, ligerita y frágil. —Vente, mi amor. Tenemos dos minutos.
Lo escuchó antes de verlo. El rugido gutural de un motor diésel tragándose la tierra del cañón. No era el zumbido rítmico de una patrulla normal; era el gruñido agresivo y acelerado de un escuadrón de la muerte. Ya estaban aquí.
—¡Por atrás! ¡A la barranca! —Ordenó Javier, empujando a Elena hacia la ventana trasera.
Se arrastraron por el marco justo cuando la puerta principal de la choza voló en pedazos con un sonido de trueno. Siguieron botas pesadas, retumbando contra la madera del piso.
—¡Revisen la choza! ¡Que no se escape el cabrón! —rugió una voz, seguida por la lluvia de plomo de fuego automático.
Las balas hicieron pedazos las paredes de lámina; el ruido era ensordecedor, rompiendo el aire como avispas encabronadas. Javier se tiró sobre su esposa y su hija, escudándolas con el cuerpo mientras se resbalaban por la bajada de piedras detrás de la casa. Los matorrales espinosos le rasgaron las manos y la cara, sacándole sangre, pero casi ni sentía el dolor. Solo las arrastró hacia abajo, hacia la oscuridad.
—¡Chequen atrás! ¡Se fueron por la bajada! —gritó la voz desde arriba. Los haces de luz de las linternas cortaron la penumbra, barriendo la maleza como ojos de demonios buscando presa.
Javier se paró a tropezones, jalando aire a lo pendejo, con los pulmones ardiéndole. —La troca —jadeó—. Órale, caminen.
Las arrastró hacia el arroyo seco, escondido bajo el voladizo de un puente derrumbado. Ahí estaba: el proyecto de su vida bajo una lona. El cascarón oxidado de una pick-up Ford de antes del fin del mundo. No tenía puertas ni parabrisas, y los asientos estaban podridos, pero se había pasado tres años reconstruyendo el motor. Jalaba con licor de caña refinado—etanol destilado de pulpa de nopal fermentada con un toque secreto de ácido de batería.
Subió a Elena y a Sofía a la cabina; los resortes rechinaron bajo su peso. —¡Agáchense! ¡Acuéstala, Elena!
Javier brincó al asiento del piloto. Le temblaban tanto las manos que apenas podía agarrar los cables que colgaban de la columna de dirección. Peló las puntas y las juntó. Chispa. El motor tosió, escupió y soltó una nube de humo negro. Arranca, pinche chingadera. Arranca. Vroom.
El motor prendió con un rugido violento, sacudiendo todo el chasis. Las balas empezaron a rebotar en la caja y en las rocas detrás de ellos; el zumbido de los rebotes chillando peligrosamente cerca.
Javier metió primera de un chingazo. La troca dio un tirón hacia adelante. No prendió las luces. Manejó de memoria y a la luz de la luna, las llantas patinando en la grava suelta antes de agarrar tracción en la tierra apretada del arroyo.
Pisó a fondo. La troca salió disparada. La suspensión gritaba de dolor mientras rebotaba sobre piedras y zanjas, el chasis sacudiéndole los dientes a Javier.
Sofía lloraba en silencio, con la carita enterrada en el pecho de Elena. Elena iba aferrada al brazo de Javier, con los nudillos blancos y los ojos apretados. Javier miró por el retrovisor estrellado. Allá arriba en el cerro, recortadas contra el cielo rojo y ardiente, pululaban las luces de las camionetas del cártel. Eran rápidas, pero muy pesadas. El lecho del río era traicionero.
Pero Javier conocía a los tenientes. Sabía cómo pensaban esos cabrones. No solo lo iban a seguir; lo iban a acorralar.
—¡No podemos quedarnos en el arroyo! —gritó Javier sobre el viento y el ruido del motor—. ¡Nos van a cortar el paso en la salida! —¡¿A dónde vamos?! —le gritó Elena. —¡Al norte! ¡A la carretera vieja! —Javier dio el volantazo a la izquierda, subiendo por un terraplén empinado. La troca se quejó, el motor de alcohol chillando, pero coronaron la cima, derrapando hacia la meseta plana del desierto.
Frente a ellos se extendía el yermo—un océano infinito de matorrales, mezquites y piedras afiladas, iluminado por la luz agonizante de los incendios en el sur. Hacia el norte, el resplandor de San Ignacio pintaba el horizonte de negros y naranjas apocalípticos.
Javier se había convertido en mensajero de la misma forma en que la mayoría se volvía pecador en el yermo. Poco a poco, y luego todo de un puto golpe.
Empezó con sobres. Vueltas sencillas entre capitanes de los pueblos cercanos. Sellados, anónimos. Se decía a sí mismo que no sabía qué traían adentro. Se lo dijo tantas veces que casi se lo creyó. La paga era el triple de lo que sacaba en el taller en una semana buena. Ese mes le compró la medicina a Sofía. Medicina de verdad, no la plasta de hierbas rebajadas que vendía la curandera por unas corcholatas.
Luego los sobres se volvieron recados verbales. Coordenadas. Nombres. Horarios. Se los aprendía, los entregaba y se le olvidaban. Ese era el jale. Olvidar en chinga. Era una máquina, no un hombre. Las máquinas no cargan con la culpa.
Pero las máquinas no manejan de regreso a casa a través de las ruinas de pueblos que apenas ayer existían. Pasó por Rancho Viejo tres días después de entregarle una actualización de ruta al Capitán Rico. Los muros de adobe seguían calientes por el fuego. No se paró. No quiso ver los bultos debajo de las lonas ensangrentadas. Solo siguió manejando, apretando el volante a reventar, con la medicina de Sofía sonando en la bolsa de su camisa contra su corazón. Tragándose las putas lágrimas y el nudo seco en la garganta. Las consecuencias de sus actos.
Elena nunca preguntó de dónde salía el dinero. La amaba por eso, y se odiaba a sí mismo por lo mismo. Llevaba dos cuentas en su cabeza. Lo que le costaba el trabajo. Y lo que compraba. Las putas matemáticas siempre daban lo mismo: Sofía respiraba. Sofía comía. La balanza era cruda y simple, y él se subía a ella todas las mañanas y vivía con el número.
Hasta que el Fantasma se sentó frente a él en un cuarto oscuro, dijo el nombre de su niña en voz alta, y de repente Javier entendió exactamente lo que había sentido la gente de Rancho Viejo.
—Regresa, mi amor —le dijo Elena, viéndolo perdido en su cabeza. Él le sonrió y miró a su hija, lo único que le quedaba en este pinche mundo cruel.
Miró al norte, hacia ese resplandor. Ya no tenía cártel, no tenía casa y traía un blanco en la espalda. Pero mientras apretaba el volante, un pensamiento loco y desesperado le cruzó por la mente. Los Fantasmas del Norte no mataban a lo pendejo. Lo habían dejado vivir una vez. Lo perdonaron porque era padre. A lo mejor, solo a lo mejor, el lugar más seguro de todo el puto desierto era justito detrás de los monstruos que acababan de matar al Diablo.
Hora Dos: El Fantasma de la Máquina
El motor tosió, un hipo violento que sacudió la lámina. Javier revisó los medidores—ninguno servía, obvio—pero podía olerlo. El olor dulce y empalagoso del azúcar quemada. —La línea de gasolina se está sobrecalentando —masculló Javier—. El trago está hirviendo en la bomba. —¿Puedes arreglarlo? —preguntó Elena, con la voz apretada. —No en movimiento —dijo—. Tenemos que parar. Nomás un minuto.
Sacó la troca de la carretera, escondiéndola detrás de lo que quedaba de un espectacular que anunciaba Banco Nacional—Seguridad Para Su Futuro. Ironía de mierda.
Javier abrió el cofre. El bloque del motor brillaba con un rojo cereza apagado en la penumbra. Agarró un trapo y aflojó el tapón del filtro, haciendo una mueca cuando el vapor hirviendo le bufó en la mano. Necesitaba purgar la presión o la manguera iba a reventar.
Se recargó en la polvera, limpiándose el sudor y la grasa de la frente. A lo lejos, escuchó el inconfundible pop-pop-pop de los balazos. No estaban cerca, pero en el aire delgado del desierto todo se escucha. La guerra civil ya había empezado.
—Papá —susurró Sofía. Javier volteó. Estaba sentada en la cabina, viéndolo. Su carita estaba pálida, pero sus ojos brillaban claritos. —Todo está bien, mija —le mintió—. Nomás es una paradita. —¿Vienen los hombres malos? —Esta noche no, chiquita —dijo Javier, forzando una sonrisa—. Soy muy rápido para esos pendejos.
Miró a Elena. Estaba aferrada a la 9mm oxidada, con el dedo descansando en el guardamonte. Parecía un animal acorralado, lista para morder. Le partió el corazón verla así. Elena era maestra de escuela antes de que se acabara el mundo. Le enseñaba a los niños a leer y escribir. Ahora estaba aprendiendo a matar.
Apretó el último tornillo. —Vámonos.
Manejaron toda la noche. El paisaje pasó de desierto plano a lomas, salpicadas por las ruinas de pueblitos. Algunos eran puros cimientos, otros puros esqueletos de block. Pasaron por un lugar llamado El Rosario sin frenar. El pueblo estaba ardiendo, las llamas bailando en las ventanas de las tiendas saqueadas. Había sombras moviéndose en las calles—rapiñeros, pandillas rivales, sobrevivientes desesperados. Javier no paró. Mantuvo la aguja a tope, con el motor bramando.
Para el amanecer, la troca iba con el puro olor. El tanque de trago estaba seco.
—Toca manguerear —dijo Javier, orillándose cerca de una gasolinera abandonada. Las bombas llevaban años muertas, peladas de su cobre y cables, pero había una pipa oxidada volcada en el lote. —Voy contigo —dijo Elena, revisando el tiro de la pistola. —No, quédate con Sofía. Ponle seguro a las puertas. Si se acerca alguien, pítale a la verga.
Javier agarró un pedazo de manguera y un garrafón. Se acercó a la pipa con cuidado. Era un cementerio de contrabandistas. Había dos cuerpos secos hechos polvo cerca de la cabina. Desvió la mirada. Pudo abrir la válvula de la pipa a la fuerza. El tufo le pegó de golpe—masa de maíz podrida y fermentada. Era combustible corriente, pura plasta, pero iba a arder.
Estaba llenando el garrafón cuando escuchó crujir la grava. Se congeló. Se volteó despacito.
Tres cabrones parados en la orilla del terreno. No eran del cártel. No traían los colores ni los chalecos. Traían harapos y cuero que ni combinaban, con la cara pintada con ceniza blanca. Los Despoblados. Caníbales, escoria que se comían las sobras de los cárteles.
—Miren nomás... —dijo el líder, jugando con una varilla afilada—. Un mecánico dando un paseíto. —Solo voy de paso —dijo Javier, la mano bajándole hacia la cintura—. No quiero pedos. —Nosotros tampoco queremos pedos —sonrió el líder, enseñando unos dientes todos podridos—. Solo queremos tus zapatos. Y la troca. Y a las viejas.
A Javier se le heló el estómago. —A ellas no las tocas. El líder soltó una carcajada. —¿Traes fusca, pinche ruco? Tienes cara de mecánico. Los mecánicos arreglan cosas. No las rompen.
Javier no dijo nada. Apretó el garrafón. Estaba lleno. Pesaba diez kilos. Era inflamable. —Dije —el líder dio un paso al frente, levantando el fierro—, que me des a las viejas.
Javier le aventó el garrafón en la madre. No era un arma, pero jaló de distracción. El golpe le dio al líder en el pecho, salpicándole todo el chaleco de esa gasolina apestosa. El güey se echó para atrás, escupiendo.
Javier peló la 9mm. Apuntó. Le temblaban las manos. No soy un asesino, pensó. Soy un puto padre. El líder rugió y se le dejó ir encima. Javier jaló el gatillo. Click. Nada. Se encasquilló. O la bala estaba chafa. La chingadera estaba muy vieja, muy oxidada. Entró en pánico. El líder a tres metros. A un metro. Alzando la varilla para reventarle el cráneo. BOOM. Un sonido como de cañonazo a la espalda de Javier.
La cabeza del líder chicoteó para atrás, una nube roja explotándole del hombro. Dio una vuelta y cayó, muerto antes de besar la tierra.
Javier volteó de verrazo. La troca estaba encendida detrás de él. Elena estaba de pie en la cabina, con la 9mm humeando en las manos. Estaba pálida como un fantasma, los ojos pelones del shock, pero el brazo no le temblaba nada.
Los otros dos rapiñeros miraron a su jefe muerto, luego a la vieja con la pistola. Miraron a la troca que pensaban que estaba tirada. Miraron a Javier, que ya estaba recogiendo el garrafón.
—Lárguense a la verga —les dijo Javier, con una voz baja y peligrosa. Sintió una oscuridad subiéndole por el pecho, una frialdad que en su puta vida había sentido—. O ella les da piso a ustedes.
Los escoria se vieron entre ellos y le corrieron. Se hicieron polvo entre las ruinas de la gasolinera. Javier regresó a la troca. Elena temblaba; la pistola se le resbaló de los dedos y sonó contra el suelo de la cabina. —Elena... —dijo Javier, suavecito. —Lo maté —susurró ella—. Javi, maté a un hombre. —Nos salvaste, mi amor —dijo Javier, trepándose al asiento. Le agarró la cara con sus manos todas llenas de grasa—. Hiciste lo que yo no pude.
Le echó el asqueroso combustible al tanque. El motor tosió, se quejó, y agarró. Jalaba culerísimo, escupiendo humo negro, pero jalaba.
Hora Doce: El Paso
Llegaron a las faldas de la sierra a mediodía. El calor estaba infernal, un peso físico aplastando el techo de la troca. Sofía iba dormida, noqueada por la fiebre y el movimiento. Se estaban acercando a La Cuesta—un paso angosto en la montaña que era la única puerta hacia los territorios del norte. Si cruzaban, saldrían del dominio de La Sombra.
Pero al dar la vuelta a una curva, Javier se paró en seco. Una barricada de carros hechos cagada y tambos de aceite bloqueaba el camino. Pero no era el cártel. Los cuerpos de los soldados de La Sombra estaban tirados por ahí, ejecutados. Había una sábana colgada en la barricada pintada con un escorpión negro.
Era otra facción. Los Escorpiones. Eran del sur. Se metieron en el momento en que cayó el Verdugo, agarrando los cuellos de botella. Un cabrón salió de atrás de los carros. Llevaba la cara tapada con un paliacate y traía un AR-15.
—Dense la vuelta —gritó el güey—. El peaje es un vehículo, todo lo que traigan y las viejas. Si quieren, regrésense caminando al desierto. Javier vio las paredes del cerro a los lados. No había pa' dónde hacerse. La troca no daba para salirse del camino. —¡Nomás queremos pasar! —Le gritó Javier—. ¡No traemos ni madres! ¡Nomás a mi niña enferma! —¡Que te des la vuelta, pendejo! —El güey cortó cartucho.
Javier volteó a ver a Elena. Estaba abrazando a Sofía, rezando por lo bajo. Revisó el tanque: vacío. Apenas les alcanzaba para cruzar si le pisaban a fondo, pero no para huir. Miró la aguja de la temperatura. Estaba en rojo. La troca se estaba muriendo.
Pensó en el Fantasma. Las historias decían que no peleaba limpio. Que usaba el entorno. Que usaba el terror. Javier agarró una bengala de carretera de debajo del asiento. Y también su perica pesada. —¿Qué haces? —preguntó Elena, aterrorizada. —Confía en mí.
Abrió la puerta y se bajó. —¡No tiren! —gritó, levantando la llave—. ¡Ahí voy, no tiren! Caminó hacia la barricada, con las manos arriba, pero escondiendo la bengala en la espalda. —Hasta ahí, cabrón —dijo el líder de los Escorpiones. —Mi troca... se está sobrecalentando —dijo Javier, actuando histérico, jugando el papel de papá aterrorizado a la perfección—. ¡Va a valer madre! ¡Hay fuga de gas! ¡Ayúdenme! ¡Mi hija! El líder dudó. Vio el vapor saliendo del cofre (que Javier había provocado echándole agua al motor caliente hace rato). —¡Mueve esa chingadera de la barricada! —¡No puedo! ¡La marcha ya mamó! —gritó Javier—. ¡Por favor, déjenos pasar! ¡Esta madre va a explotar! —Quiebren a este güey y jalen la troca —le ordenó el jefe a sus perros. —¡Ni madres! —Javier gritó y prendió la bengala.
La flama roja de magnesio iluminó la sierra. La levantó cerquita del tanque abierto de uno de los carros de la barricada, uno que había visto goteando gasolina desde que llegó.
—¡Para atrás, cabrones! —rugió Javier. La voz se le quebró de una furia que no sabía que tenía—. ¡Les quemo todo este puto paso! ¡Nos vamos todos a chingar a su madre!
Era un albur. El carro chatarra tenía gas, pero ¿iba a prender? Quién sabe. Pero el miedo es el mejor explosivo. El líder vio la intensidad en los ojos de Javier. Vio a un cabrón que ya no tenía nada que perder. A un hombre que se asomó al abismo de perder a su cría y decidió mejor quemar el mundo entero.
—¡Abran la puerta! —gritó el líder, el pánico ganándole a la avaricia—. ¡Dejen pasar a este pinche loco! Dos de ellos se apuraron a quitar un sedán oxidado a empujones. Javier caminó de espaldas, lentito, con la bengala en alto. Se subió a la troca. —¡Dale! —gritó Elena.
Javier le metió cambio. El motor rugió y se aventó. Se fueron directo por el hueco en los carros. Las balas sacaron chispas en el cofre cuando los Escorpiones se dieron cuenta de que se las habían aplicado. "Chingada Madre! Mátenlos! ¡Es puro pedo!"
Pero ya era tarde. La troca rompió el cerco, patinando la llanta, y aceleró por el camino de la sierra. No pararon hasta llegar a lo alto. Abajo, extendido como un mapa, estaba el territorio del norte. No era verde. No era el paraíso. Era más desierto, más ruinas. Pero era libre.
El Epílogo: Polvo y Amanecer
Tres días después, la troca dio las últimas. El motor se amarró en una planicie en medio de la nada. Y caminaron. Caminaron hasta que les sangraron los pies. Caminaron hasta que los filtros se secaron y tuvieron que tomar de charcos radiactivos, rezándole a Dios que sus cuerpos aguantaran la purga. Javier cargó a Sofía en la espalda. Elena cargó las mochilas. Se movían como fantasmas, sacándole la vuelta a los caminos, escondiéndose de día, caminando de noche.
Al quinto día, vieron humo. No humo negro de ciudades ardiendo, sino humito gris de fogatas. Javier gateó por una loma, dejando a las dos escondidas en una zanja. Se asomó al borde.
Una caravana. Cientos de gente. Carretas jaladas por vacas, carros pelados y blindados con chatarra. Era un éxodo. Y hasta adelante, caminando con una cojera que solo se igualaba con los huevos que le ponía a cada paso, iba un bulto con un abrigo largo de cuero. Llevaba un sombrero de ala ancha y cargaba un rifle de palanca. Una mujer con un rifle de francotirador caminaba a su lado.
Javier se dejó caer de rodillas. Conocía ese caminado. Conocía la silueta. Era el Fantasma. Mateo.
Javier vio que se paraba. Mateo miró hacia el horizonte, barriendo el yermo. Se veía cansado. Se veía como un hombre que había cargado el puto peso del mundo en la espalda, lo había soltado, nomás para darse cuenta que traía las manos manchadas de sangre.
Javier entendió entonces que el cagadero que se había armado no era nomás el caos. Era el espacio que se abría por culpa de ese caos. El Verdugo estaba muerto, y en ese hueco, hombres como Mateo se habían levantado. Pero también hombres como Javier. Hombres a los que no les quedó de otra más que volverse héroes para que su familia no se muriera.
Javier se bajó arrastrándose a donde estaba Elena. —¿Quién es? —Le preguntó ella. —Son ellos —dijo Javier—. Los que empezaron este desmadre. —¿Son peligrosos? —Sí —dijo Javier—. Pero por ellos estamos vivos.
Se paró. Ayudó a Sofía a levantarse. Estaba débil, pero la fiebre se le había cortado en la noche. Se veía más fuerte. —Vénganse —dijo Javier—. Tenemos un recado que entregar. —¿Qué? —preguntó Elena, sacada de onda.
Javier se tocó la bolsa del pantalón. Todavía traía la 9mm oxidada. Pero también traía otra cosa—un encendedor plateadito que había sido de un amigo hace mucho tiempo, otro mensajero. Venía marcada con una cruz; el metal ya estaba gastado de tanto que Javier lo tallaba con el pulgar cuando el miedo le ganaba.—Le llevo un recado a los Fantasmas —dijo Javier—. Le voy a decir que recibí su mensaje. Y que ya pagué la cuota.
Bajaron caminando la loma. Cuando se fueron acercando, la mujer, Rocío, los guachó primero. Levantó el rifle. Javier se paró. Levantó las manos. No gritó. No suplicó. Nomás se quedó ahí paradito, cansado, mugroso, ensangrentado, pero entero.
Mateo volteó. Miró a Javier. No lo ubicó a la primera. Pero luego vio más atrás, a la huerquilla escondida en las piernas de Elena. A Mateo se le ablandó la mirada. Se acordó de un cuarto oscuro. Se acordó de un nombre. —Sofía —dijo Mateo. La voz se la llevó el viento.
Javier asintió. —Está viva. Gracias a ti. Mateo asintió de regreso. No sonrió. El yermo no daba permiso para andar sonriendo. Pero agachó la cabeza, un gesto de respeto entre dos cabrones que sobrevivieron a un mundo que trató de aplastarlos. —Caminen con nosotros —le dijo Mateo—. El camino está cabrón.
Javier volteó a ver a Elena. Le agarró la mano. Se metieron en la fila de refugiados, perdiéndose en el río de gente que iba para el norte.
El mundo seguía siendo una mierda. La radiación seguía pudriendo la tierra. Las pandillas se iban a seguir matando, y monstruos nuevos iban a salir de las piedras para quitarle el lugar a los viejos.
Pero mientras Javier caminaba, escuchando el rechinar de las carretas y los murmullos de la gente, sintió algo que no sentía desde hace un chingo de años. Esperanza. Era una chingaderita frágil, fácil de apachurrar. Pero ahí estaba. Y en el yermo, con eso bastaba.
Miró al horizonte. El sol se estaba metiendo, pintando el cielo de morados y naranjas golpeados. Era hermoso y terrible. Se tocó la bolsa del pantalón, sintiendo el pesito del encendedor.
Ya no era un puto mensajero. Era solo un hombre. Y con eso bastaba.